Una abuela
La mía, la que parió a mi madre.
La que tiene un poco de chepa, chupada de cuerpo, bajita, callada como una sombra pero que cuando le da por recordar como ligaba de jovencita nadie la calla.
La que le da vueltas a las croquetas en la sartén con las uñas, ésa.
La que castraba pollos con las uñas, las mismas, la misma abuela.
La que me enseñaba las tetas cuando era pequeño y me hablaba de la rana de Salamanca como chutada por una tortilla de setas mejicanas.
La que, dado el caso, sería capaz de acuchillar a alguien pero no para matarlo, sino para que ójala tardes cinco días en morirte, asqueroso...
Ésa es mi abuela.
La que lleva unas gafas pesadas que nada tienen que envidiar del telescopio Hubble. Le pesan tanto que le han arrugado la piel de la nariz. Así que sobre el puente tiene un callo violeta, arrugado y con pliegues.
La que un día atrapó una cría de hamster con la jaula sin darse cuenta. Y al verlo aparéntemente muerto pilló una pajita de horchata y le practico un boca a boca, además de un masaje cardíaco con el dedo índice. El bicho revivió, que yo estaba delante.
La que hace dos años dio el visto bueno a el plato de la noche el día de navidá. Resulta que mi madre se había pasado todo un día cocinando un plato de pies de cerdo con castañas. A eso de las ocho de la tarde al guiso (por llamarlo así, a mi me parecía asqueroso) se le descubrió una espumilla sospechosa que lo cubría todo. Además sabía a hierro. O sea, que había fermentado y estaba para tirarlo. Pues mi abuela entró en la cocina como Napoleón por París en sus años dorados, pilló una cuchara y preguntó aquí qué coño pasa. Selecciono una buena montañita de espuma amarillo podrio fosforito, la rebaño bien rebañada, la rechupó y dijo "esto está de puta madre, a cenar". Yo cené hamburguesa. Estas navidades hicimos sopa.
La que me abofetea porque no la llamo nunca.
La que reniega de sus hijas con el mismo fervor con el que las quiere.
La que un día encontró/robó/raptó/sacó de un container a un perrito baboso, peludo y negro, y le puso de nombre "chichi".
La que me disfrazaba de terrorista serial killer de pequeño, con un cuchillo que ya le gustaría a Rambo, un trapo de cocina a modo de pasamontaña, y me dejaba que diseccionara al pollo de la cena mientras ella preparaba unas lentejas.
La que me preparaba bocadillos de tortilla de chorizo con un pan que serviría para clavar unos cuantos clavos.
La que una noche me vino a apagar la estufa cuando me quedé dormido en su sofa viendo la tele. Lo malo es que entreabrí los ojos por aquello de que ella me estaba maldiciendo "cago en el muchacho que se deja la puta estufa en marcha.." etc... digo que entreabrí los ojos y la pillé en bragas. Y ese montón de pellejo sin grasa, arrugado como el callo desu nariz, viejo como una patata olvidada, no me lo puedo quitar de la cabeza. Se me pasó el sueño, las apetencias sexuales, el oxígeno,... todo, se me pasó todo. No mucha gente le ha visto el culo a su abuela, me temo.
Mi abuela, la que golpeaba la pared para hacer dormir a mi hermana pequeña en plena noche. Eso tuvo su gracia: mi hermana pequeña le pilló afición al tumtumtum y le pedía que no parase. Mi abuela desde el otro lado del tabique le hacía caso y le decía a media voz dueeeermedueeeerme. Salió mi padre, mi madre, la vecina, y todos los espíritus de la casa para rogarle que se estuviera quieta. Ella no paró. El truco fue abofetear a mi hermana para que no la jaleara...
Lo cual me recuerda que esta misma abuela se dedicaba a darle pastillas de chocolate nestlé a la misma hermana pequeña. Pero no lo hacía en el salón de casa... sino que lo hacía en el coche, a respuesta de mi hermanita proclamando que estaba mareada. Mi madre le gritó que no se le ocurriera darle chocolate a la niña, que eso no arregla nada y que el mareo se le pasaría. Pero a escondidas le llenó la boca a la criatura. El vómito posterior fue espectacular.
Mi abuela, la que cocinaba una salsa de tomate que no quiso explicarme nunca. Tuve que espiarla para aprender a hacerla. Y hoy es mi plato estrella que le cocino a todo dios.
Mi abuela, la que cuando se enteró de que había cortado con una chica que conoció me dijo que bien, que era una pendona y que yo me merecía mucho más. Si alguna vez, me dijo a escondidas, piensas en volver con ella, me llamas que yo te doy dinero pa que te vayas de putas.
Eugenia, se llama. Y no quiero saber qué habrán sentido todos los hámster que han vivido en su casa. Especialmente dos que tenía metidos en el armario de los trastos de limpiar. Les dejaba una tarrina de queso philadephia dos o tres veces por semana, así, tal cual. El día que los ví me encontré con dos bolas de pelo gooooooooordas como la madre que las parió.
Mi Eugenia, que no quiere ir a vivir a una residencia, ni que nadie se ocupe de ella. Está perdiendo el color de los ojos, y se le está quedando el iris blanquecino.
Su piso es un entresuelo. Y la ventana de su habitación da a un patio interior que es el techo de una tienda. Lo tiene a sólo dos metros. Hace unos años traspasaron la tienda y la renovaron. Eso incluyó equipo de aire acondicionado y en ese techo instalaron la máquina. Como hacía un ruido horrible ella bajaba cada día a quejarse. Primero de buenas maneras, luego con más mala hostia. Llamó a la policia y nadie le hacía caso.Así que un día se encontró una tuerca de camión (?) una pieza de metal de un par de kilos. Se la llevó a casa, se ató una cuerda a la cintura al otro extremola pieza esa,y se pasaba unos ratitos al día caminando arriba y abajo arrastrando la tuerca. Para hacer ruido, pa joder. Lo consiguió hasta el punto de que le enviaron a ella a la policía. Cuando le explicó a los agentes lo que pasaba la entendieron, pero dijeron que ellos no podían hacer nada. Uno de ellos le insinuó que si hacía cosas sin dejar huella nadie la podría acusar. Ella lo pilló, avispada pa estas cosas, y a la tarde vació un par de botellas de salfuman por las bocas de los aparatos esos. Se los cargó y la dejaron en paz.
Por cierto, también se inventó un tirachinas con una percha y una goma. Y disparaba pilas a las palomas desde esa misma ventana. Y palabra que se las cargaba. Un día corrió el rumor por la família de que había cazado una al vuelo, pero eso ya nadie lo puede certificar.
La misma abuela que rociaba con una colonia de garrafón la almohada donde dormíamos. Yo y mi hermana pequeña, en plan inconscientes, nos lanzábamos de cabeza y nos emborrachábamos hundiéndo las narices en la almohada. Un buen truco para caer dormidos.
También batallaba contra el ateísmo de sus propios hijos rezando con nosotros el jesusito de mi vida... y también el cuatro esquinitas tiene mi cama. Aunque abiertamente siempre responde que ella ni cree en dios ni él en ella.
Eugenia, la que me encerraba con ella en la cocina, a oscuras, y practicaba espiritismo o no sé qué cosas. Yo recuerdo que hacía arder alcohol en una cazuelita y que nos cogíamos de las manos mientras pronunciábamos no sé qué cosas. Me encantaban las llamas azules. Y el silencio.
Ah sí, bueno, y mi abuelo la abandonó de un día a otro con sus cuatro hijos y el peso del único hijo muerto por ataque cerebral mientras merendaba un yogur, a su lado. Y sin estudios ni nada las sacó adelante.
Algo de ella corre por mis venas.

doña imperfecta dijo
uy, pobrecika!
y la abandonó su marido?
y con cuatro hijos y la sombra alargada dun cadaver?...pos vaya!
peroalgo habrá hecho pa merecerlo...
y qué hizo?
cuenta...cuenta...
se metió a bollera?
se quedó pa vestir santos?
si?...venga, ...no jodas!
ya, ya, ... ahí el desfogue paranormal y la malahostia
así se le han quedao los ojos blanquecinos y sin colorciko...jajajajjjj!!! es que no follar es muuuuuuu malo!!!!!
19 Enero 2009 | 11:33 AM