Un espigón
Estábamos por el puerto. Cerca de un espigón.
El espigón en sí no era sólo un sendero de piedras sobre el mar, sino un muro alto y fino. Yo lo recorría como buscando un final, pero parecía que no existía nada de eso.
Algo ha explotado, o de alguna forma se ha abierto una brecha. Al otro lado mar.
He vuelto sobre mis pasos y he entrado en un edificio. Habían dos plantas; una arriba donde la gente se salvaba (no sé de qué; como si tuviera que venir un tsunami) y abajo estaban los que "iban llegando para prepararse a subir". Era un pasillo largo con un montón de habitaciones, y alguien nos había preparado un pase, o un código, para poder acceder a la parte superior. Pero teníamos que encontrar un ordenador dentro de una maleta. Y cada maleta que abríamos sólo tenía una serpiente. Y cada serpiente más grande que la anterior.
El sueño ha entrado en un caos, se ha desmaterializado todo, y ha vuelto a empezar:
Estaba junto a un edificio de dos plantas, junto al mar, y al otro lado el espigón con su muro y su brecha en él. De la ventana de arriba se asoma una mujer y me dice que tengo que moverme por las oficinas estas y encontrar unas letras que forman una palabra.
Entro y me encuentro una oficina con sus cubículos para cada trabajadora. Son todo mujeres metidas en su ordenador o haciendo llamadas. Hay tanto follón que ni se enteran de mi presencia. Descubro algo curioso en una papelera; un portatil de plástico, como de juguete. Es en verdad un maletín, y cuando lo abro me encuentro una A grande, roja como si fuera sangre. Ya tengo mi primera letra.
De un vistazo veo varios maletines más en diversas papeleras. Los voy cogiendo todos y sin abrirlos se los lanzo a aquella mujer. Hay un huequecito en el techo; una especie de balcón para los de arriba. Y le voy pasando los maletines por ahí. A medida que se los paso ella va probando combinaciones. De pronto se le ilumina la cara; la palabra está incompleta pero ya sabe lo que és. Sólo le falta una letra más, me dice.
Le iba a preguntar que qué hay escrito, pero ya estoy agachado en busca de la última papelera. Una moza se topa de cara conmigo y me dice que no puedo estar ahí. Yo le digo algo; pero sé que estoy pensando que esto es un sueño, que estoy despertándome y que por su culpa no me voy a quedar sin saber qué palabra es. Me lanzo a por una papelera del fondo, la que está más lejos, porque sé que es ahí donde está la última letra.
No entiendo por qué estoy forcejeando con esa chavala; no me deja cogerlo, y yo siento una cuenta atrás corriendo en mi contra. Me despertaré sin saber qué palabra era y...
Y me despierto.


Silvia dijo
La planta de arriba representaba lo desconocido, la de abajo tu vida real.
En vez de forcejear con la chavala para encontrar la letra, debías haberla invitado a tomar un café. La palabra no era lo importante y ella te lo estaba diciendo. A veces los objetivos desconocidos nos ciegan.
Vaya sueño más chulo que has tenido.
11 Septiembre 2008 | 02:32 PM